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42

por Lucio Durán

El día antes de cumplir 42 años tuve la segunda charla con la muerte, esta vez fue diferente, esta vez entró porque yo la invité a pasar y se fue porque no vio valor en el esfuerzo de quedarse. Por un breve lapso me recorrió el calor intenso del epílogo, algunos creen que la última luz viene acompañada de un lapso gélido, pero esto es debido a la ignorancia, mi experiencia en este asunto y de forma repetida me permite afirmar que al final se llega acalorado, se vuelve al centro de la tierra desde el centro del cuerpo: desde el estómago comienza a expandirse una ráfaga de fuego que para en las rodillas, en los codos y en la boca. Fue después de un rito a la gula, seguido por una entrega a la pereza, cuando se comenzaron a secar mis labios y a sofocarse el tinnitus; mientras descubría al sentimiento, el pánico del recuerdo paralizó el tiempo y la vida comenzó a pasar de nuevo, de cero, preparándose para entregarse al cierre. Era algo que “veía venir” o, en realidad, “que estaba buscando”; los últimos momentos se caracterizaban todos por una sistémica imposición de deterioro al propio ser, una permanente elección del atajo a la inconsciencia, una marcada aceleración hacia el abismo. Pero, como siempre le pasa al cobarde, en el último segundo antes de experimentar la definitiva permanencia, me arrepentí del efecto y lloré por la causa; la angustia se presentó con su helada desnudez, cansada de volver a verme pero con la ilusión de, de una vez por todas, perder. Todos los flácidos músculos de mi deprimente humanidad se tensaron tanto como se puede tensar la gelatina y dormí, dormí ruidosamente y de forma interrumpida, pero al menos dormí. Al otro día, ya aceptando la vejez impuesta empíricamente, me repetí: “Nunca más”… y empecé de nuevo.

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