Hace un tiempo, conocí a unas entidades que comían pobres, estos seres, no tenían claro si sus gustos se debían a viejas ausencias o a su progresista y refinado paladar, a su hambre de igualdad, o a su empacho de inclusión, pero, lo cierto, es que disfrutaban de banquetearse de aquellos con marcadas carencias económicas y algo más. A su fetiche preferido, lo llamaban, "la base de la pirámide", a este concepto, lo veían como espacio el cual decían erradicar pero a la vez engordaban, una suerte de síndrome de estocolmo combinado con profecía autocumplida, un ruido constante, luchando en vano contra la codicia más vacía que he tenido la oportunidad de observar. Esto, parecería ser un contexto problemático en donde cultivar la alegría, pero, el estado permanente de embriaguez por hacer el bien sin mirar a quién aplicar los descuentos de última hora, desdibujaba los límites entre el esclavismo y el problema de llegar a la fin de mes. Por lo tanto, se sentían brillantes, se autopercibían imponentes, dioses de diamante iluminando pueblos de cartón. Estas criaturas, además, cagaban bondad, cuanto más indigencia tragaban, más bondad defecaban, y esa mierda, disfrazada de altruismo, la repartían al módico precio de masturbaciones y alardes en círculos cerrados con burócratas gordos y millonarios autoindulgentes. A la cabeza de la murga, militaba el alma más extravagante que he tenido la experiencia de conocer, el auténtico punto de control para definir la vocación de mesías, un soldado del misterio, un ser tan noble que se sentía fascísticamente atraído a la izquierda, un esperpento crónico con el título de "CEO del impacto", y con un séquito de seguidores adictos al onanismo mental y al homicidio, una banda de soretes, con olor a plástica novedad. Nunca había visto tanta pasión por dilapidar el dinero de otros en beneficio de nadie. Nunca había experimentado cómo, tan solo por sentirse un poco menos culpables por sus violencias y degeneraciones, otros seres de igual luz y benevolencia depositaban sus monedas en la maquinaria de borrar culpas y justificar filias. Sabían que todo se iba a perder en el vacío, pero ese era el costo a pagar por salvarse del infierno. No lo entendí en su momento, pero me ayudaron a descifrar que los criterios por los cuales se definen las alegrías y las tristezas son, por alto margen, las mayores mentiras de la humanidad moderna y de la moderna humanidad. Hay historias que afirman que Satán vive entre los moros, pero, la verdad, respaldada por datos y relatos, es que, después de los periplos y danzas compartidas con estos entes de polémica luz, puedo asegurarles que el diablo tiene green card.
Green Card
por Lucio Durán
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