Cuando despegué en el último vuelo al vicio, sentía por dentro lo que se siente antes de una caída libre sorpresiva: el cinturón ajustado sobre un estómago vacío, el cuero cabelludo mojado, la piel crispada, alerta a la muerte. La tripulación repitió las instrucciones de seguridad y no presté atención; sé dónde están las salidas de emergencia desde hace años y nunca usé ninguna. Solo retuve, como siempre, la única norma que cumplo al pie de la letra: colocarse primero la propia máscara antes de ayudar a los demás.
A fin de cuentas, la decisión de subir fue mía; el pasaje lo compré yo, con semanas de anticipación y en tarifa no reembolsable, como compra quien sabe que no se va a arrepentir a tiempo. Me recorría una culpa del tamaño exacto del equipaje de mano, lo bastante liviana para llevarla encima sin pagar extra, lo bastante incómoda para no poder olvidarla en el compartimiento superior; iba hacia un espacio de maldad, a buscar maldad, lleno de deseos de maldad, con una añoranza de bondad sin declarar en la aduana.
A mitad del trayecto, la deforme angustia se iba adueñando de mi deforme alma con la misma naturalidad con la que el pasajero de adelante reclinaba su asiento sobre mis rodillas; la respiración iba delegando la profundidad a la ansiedad, y el carrito de bebidas se había detenido por la turbulencia a tres filas de mi asiento, a la distancia exacta a la que se detiene todo lo que uno desea demasiado.
A la llegada, me recibió un fauno, con vítores y canciones que impedían el sueño, alegre como todos los que siempre olvidan la última noche y decidido a sumarme a su gloriosa realidad amnésica; yo, para no decir que no, le compartí un abrazo, un abrazo como esos que se dan las personas que se ven todos los días pero de todas maneras se extrañan.
Fue mi única compañía durante la estadía en el jardín del misterio, y me ayudó a no creerme solo ni olvidado, aunque siempre supimos ambos que todo era una distracción temporal y sonora, un regalo de esos que se abren con entusiasmo y se olvidan en la habitación del hotel.
Pasamos juntos esos días de aletargamiento, cosechando una finita amistad de mutuo beneficio: él, a mi lado, se sentía hermoso; yo, a su lado, me sentía acompañado; éramos un dúo disléxico presentando el examen escrito para sobrevivir al aislamiento por imposición propia.
Todo terminó como siempre. Volví en el asiento más cercano a la salida de emergencia, priorizando el espacio para los pies en lugar de la inclinación, con un pasaje de bajo costo y un atraso de unas horas, despotricando por el cansancio y revelando que, nuevamente, valía más la pena haberse quedado en casa…